
¡Hola! Somos Tania y Juan y este es nuestro análisis de noticias de medioambiente de la semana. Hoy te hablamos de el petróleo de Irán, las consecuencias energéticas de la guerra y la autonomía de las energías renovables.
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EL PETRÓLEO DE IRÁN
El mundo ha vuelto a cambiar (otra vez) en unos pocos días. Venezuela y Groenlandia, el tren de borrascas o el concierto de Bad Bunny parecen cosas del pasado lejano. El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán y el riesgo real de que el conflicto adquiera una escala global ocupan ahora toda nuestra atención. Y no podía ser de otra manera.
Las causas de esta nueva guerra son muchas y ni siquiera Donald Trump y Marco Rubio, Secretario de Estado de Estados Unidos, parecen ponerse de acuerdo en las razones por las que bombardean Irán. Pero hay algo que lo conecta todo. Irán con la Super Bowl. Las borrascas con la geopolítica. Y Venezuela con la dictadura de los ayatolás. El gas y el petróleo de Irán.
Irán es uno de los mayores productores de petróleo y gas del planeta y posee más del 12 % de las reservas conocidas de estos combustibles fósiles. Además, controla el estrecho de Ormuz, un punto entre el golfo de Omán y el golfo Pérsico por el que pasa el 30 % del comercio marítimo global de petróleo y el 20 % del de gas natural licuado.
Irán es, también, un importante socio comercial de China, que compra más del 80 % de su petróleo. Así que golpear a Irán es, además, golpear a la potencia asiática (que por ahora parece mantener la calma) y, de paso, al resto de economías del planeta.
El cierre de Ormuz y la caída de la producción de petróleo en Irán y los demás países involucrados en el conflicto han abierto una nueva crisis energética: el precio del petróleo ha subido un 16 % y el del gas un 72 % en la última semana. Las consecuencias en la cadena de suministros global y en el coste de otros bienes son, por ahora, inciertas.
SOLUCIÓN: HABLAR MÁS, BOMBARDEAR MENOS
No hay economía que, hoy por hoy, sobreviva sin combustibles fósiles. En los últimos 200 años, el mundo se ha desarrollado sobre el carbón, el petróleo y el gas y eso no se cambia de un plumazo. Pero mantener nuestra dependencia de recursos finitos, controlados por unos pocos países que los usan como arma y cuyo consumo alimenta una crisis ambiental cada vez más compleja tampoco parece muy lógico.
La seguridad y la soberanía energética de los países (sobre todo, de aquellos que no tienen combustibles fósiles) pasan por buscar una alternativa.
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